La ciudad de La Romana atraviesa una crisis silenciosa pero peligrosa: el caos en el tránsito. Calles congestionadas, motocicletas circulando sin control, semáforos irrespetados, vehículos mal estacionados y una ausencia casi total de autoridad han convertido la movilidad urbana en un riesgo permanente para conductores y peatones.
Transitar por La Romana hoy es una prueba de paciencia —y muchas veces de suerte—. Las motocicletas se desplazan en vía contraria, sin cascos ni placas visibles; los carros se estacionan donde les resulta más cómodo, obstruyendo carriles completos; y los peatones cruzan avenidas sin señalización adecuada, expuestos a accidentes que, en muchos casos, pudieron evitarse. Todo ocurre a plena luz del día y ante la mirada indiferente de quienes tienen la responsabilidad de imponer el orden.
La falta de una política clara de tránsito y la débil presencia de agentes de la DIGESETT han contribuido a normalizar el desorden. No se trata solo de infracciones aisladas, sino de una cultura de irrespeto a la ley que se ha afianzado con el paso del tiempo. Cuando no hay consecuencias, el caos se reproduce.
Este desorden no solo afecta la seguridad vial; también tiene un impacto directo en la economía, el turismo y la calidad de vida de los romanenses. La Romana es una ciudad con gran potencial turístico y comercial, pero un tránsito caótico proyecta una imagen de abandono institucional y falta de planificación urbana.
Es urgente que las autoridades municipales y nacionales asuman este problema con la seriedad que merece. Se necesitan operativos constantes, señalización adecuada, educación vial y, sobre todo, voluntad política para hacer cumplir la ley sin excepciones. El orden no se improvisa: se construye con acciones firmes y sostenidas.
La ciudadanía también tiene una cuota de responsabilidad. Respetar las normas de tránsito no es un favor, es un deber. Sin embargo, corresponde al Estado garantizar que esas normas se cumplan.
La Romana no puede seguir avanzando hacia el colapso vial. Cada accidente, cada tapón interminable y cada vida perdida en las calles son recordatorios de que el desorden no es normal ni aceptable. El tránsito caótico es un problema de todos, pero la solución empieza desde las autoridades.



