Años de crisis económica y social, escasez de servicios básicos, represión política, inseguridad y deterioro institucional forzaron a millones de venezolanos a abandonar su país y reconstruir sus vidas en el exterior durante los años de gobierno del derrocado presidente Nicolás Maduro.
“Salí de Venezuela en 2017 por persecución política contra mi familia. Tenía miedo y desesperación; pensé que debía irme antes de que me pasara algo”, relató a CNN Bárbara Briceño, residente en Ciudad de México desde hace casi ocho años. Su testimonio refleja una realidad compartida por una diáspora que creció de forma sostenida durante más de una década.
Los casi 13 años de Maduro en el poder estuvieron marcados por una profunda crisis económica, política y social, con denuncias de autoritarismo, represión a la oposición y manipulación electoral. A ello se sumaron la volatilidad de los mercados petroleros, las sanciones internacionales y una hiperinflación que encareció la vida cotidiana de manera dramática.
El pasado 3 de enero, tras meses de tensiones entre Estados Unidos y Venezuela, el presidente Donald Trump anunció la captura de Maduro y de su esposa, Cilia Flores, en un operativo militar estadounidense. El exmandatario fue trasladado al Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn, acusado de conspiración de narcoterrorismo y otros delitos vinculados al narcotráfico. Maduro ha negado las acusaciones y sostiene que responden a motivaciones políticas.
La noticia fue celebrada inicialmente por sectores de la diáspora venezolana, pero pronto dio paso a la incertidumbre ante el nombramiento de Delcy Rodríguez como presidenta encargada y los planes de Washington para el país sudamericano.
Las cifras dimensionan el éxodo: Venezuela registra la mayor crisis de desplazamiento de la región. Si los venezolanos en el exterior conformaran un solo país, su población superaría a la de naciones como Nicaragua, Paraguay o El Salvador. Entre 2014 y 2025, se estima que unas 2.000 personas abandonaron el país cada día.
“Lo típico ahora es que las familias venezolanas estamos por todas partes, en todo el mundo”, afirma Jean Carlo Cruz, originario de Maracay y residente en Ciudad de México desde hace 15 años. Señala que, aunque sus padres aún viven en Venezuela, hermanos y amigos se dispersaron por distintos países. “Aquí recuperé tranquilidad, libertad de expresión y acceso a servicios básicos”, añade.
Para Briceño, nacida en Puerto Cabello, la distancia de su familia ha sido el mayor costo del exilio, aunque sostiene que “la mejor decisión fue irme antes de enfrentar destinos como los de los presos políticos”. El presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, anunció el 8 de enero la liberación de un “número importante” de detenidos; hasta la fecha se contabilizan más de 130 excarcelaciones, según Foro Penal.
“Nunca volví por miedo. Ansío regresar, pasar las navidades en casa; las reuniones familiares son invaluables”, confiesa Briceño.
El impacto demográfico es notable. De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística (INE), Venezuela pasó de más de 32,6 millones de habitantes en 2015 a poco más de 28,4 millones a finales de 2024, una caída cercana al 13 %. La migración explica la mayor parte del descenso, junto con el aumento de la mortalidad y la reducción de la natalidad, según la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida 2024 (Encovi).
Colombia se consolidó como el principal destino, y América Latina y el Caribe acogieron al 87 % de los migrantes venezolanos entre 2014 y 2025. Cerca del 11 % se estableció en Estados Unidos y Europa. La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) atribuye este patrón a la accesibilidad y a las redes familiares existentes en la región.
Hoy, la diáspora venezolana no solo evidencia la magnitud de la crisis, sino que también redefine la identidad de un país repartido por el mundo, a la espera de condiciones que permitan el retorno.




