A casi dos años del inicio de la gestión del alcalde Eduardo Kery Metivier, La Romana enfrenta una pregunta inevitable: ¿dónde están las obras que transformen la ciudad y mejoren la calidad de vida de sus ciudadanos?
El tiempo transcurre y, con él, crece la percepción de una administración sin huellas visibles en materia de infraestructura. En una ciudad que demanda soluciones urgentes —calles deterioradas, drenajes pluviales insuficientes, espacios públicos abandonados y un ordenamiento urbano rezagado— la ausencia de proyectos emblemáticos resulta difícil de justificar. Gobernar no es solo administrar lo cotidiano; es, sobre todo, construir futuro.
La Romana no necesita promesas ni diagnósticos eternos. Necesita obras. Obras que generen empleo, que ordenen el tránsito, que dignifiquen los barrios, que rescaten parques y áreas comunes, que fortalezcan la seguridad y que impulsen el desarrollo local. A dos años, la ciudadanía esperaba avances concretos y una agenda clara de inversiones municipales. Sin embargo, no se percibe una obra de infraestructura de impacto que marque un antes y un después.
La gestión municipal debe recordar que el reloj político no se detiene. La falta de ejecución no solo erosiona la confianza ciudadana, sino que también debilita la institucionalidad y posterga oportunidades de progreso. La transparencia en el uso de los recursos, la planificación con metas medibles y la rendición de cuentas son obligaciones, no opciones.
Este editorial no busca descalificar, sino exigir resultados. Aún hay tiempo para rectificar el rumbo. La Romana merece una alcaldía activa, con visión y capacidad de gestión; una alcaldía que convierta el presupuesto en obras y las palabras en hechos. La ciudad no puede seguir en pausa. Los romanenses esperan, y tienen derecho a exigir, una gestión que deje legado.




